27 de septiembre de 2009
De cuajo
Yo, en cambio, siento que no hay seis mil millones de personas ni de gotas. No hay nada más. Quizá sea ese sentimiento de estar rodeado de gente, a la que ni conoces ni pretendes conocer, y sentirse solo, aislado. De otro mundo, aunque tengan diez dedos en las manos, se coman las uñas o tengan legañas nada más levantarse.
Del colegio aprendí que por dentro somos agua, sangre, huesos y más huesos, vísceras. Tenemos órganos que nos permiten estar vivos: respirar, alimentarnos, expulsar lo que ya no nos sirve... pero no aprendí lo que era sentir, compartir o que te arranquen de cuajo todas esas vísceras y, mientras cierras los ojos, darte cuenta de que sigues vivo; que no son las vísceras lo que te han arrancado, sino el alma, todo eso que está detrás de tanta sístole y diástole. Ahí dentro hay algo más que una simple conexión de órganos, de pequeños caminos por los que viajan fluidos de todo tipo. Dentro hay algo transparente, invisible a los médicos y científicos, que no se qué forma tiene pero sí se que se hincha, te ahoga y, de repente, sientes que te falta el aire, que por la garganta suben las penas y tus ojos nadan en un pequeño mar sin peces que no hace más que desbordarse.
28 de septiembre de 2008
Puntos suspensivos
Se moría por sus huesos pero su mirada miope le impedía verle a través del escaparate.
- Mira tú, anda, que cuatro ojos ven más que dos, a ver si me mira".
Cuatro ojos miopes y con astigmatismo no fueron capaces de estudiar la trayectoria de su mirada pero fueron ese impulso que ella necesitaba.
Un trozo de papel guardado en la caja registradora fue la excusa perfecta para concertar una cita, quizá desastrosa, tal vez el principio de algo que no se cómo terminó.
Esa tarde de agosto no necesitábamos cambio, casi nadie entró a la tienda y había monedas y billetes de sobra en la caja. Sin embargo, un billete de cincuenta euros y su color anaranjado rompía la gama de colores azules, rojos y grises.
- Vamos a quitarnos ese billete de en medio, ve a pedir cambio.
Puro teatro. Eso fue lo que hicimos durante hora y media, yo era él y ella, ella misma, menos nerviosa pero temblando por dentro.
- ¿Voy ahora? ¿Me está mirando?
- No sé, creo que sí.
- Qué vergüenza. Mejor lo dejo. Es que mira que cosa más absurda he escrito en este trozo de papel: "¿Te tomas una coca-cola después del curro?"
- Mejor pon refresco, que es más general, o por algo, simplemente. ¡Ah! y pon puntos suspensivos tanto al principio como al final, que pone intriga a la frase.
- ¿Así? Bueno, voy a ello.
- Venga. Una, dos y ¡tres! ¡Ve!
Andaba como un robot, tiesa y rígida. No podía parar de reirme por dentro.
Pidió el cambio y dejó el papel encima del mostrador. Corrió hacia la tienda como cuando una niña pequeña se cae del columpio y va hacia su madre creyendo que ella va aliviar su nerviosismo. Se escondió detrás del mostrador y empezó a gritar mientras dos clientas asustadas se miraban ojipláticas.
Él no tardó ni cinco minutos en contestarla un "claro que sí". Y así siguió todo. Creo que hubo una noche de besos mientras veían una película en el sofá y otra en la que durmieron juntos pero no revueltos.
Esta historia se la conté a él. A tí. Sentados en un banco de Plaza de España. Te pareció algo estúpido, banal. Te conté por qué le dije que pusiera puntos suspensivos, sabes que me gusta siempre dejar algo de duda en todo, pero siguió pareciéndote antirromántico. A mí antirromántico me parecen las prisas, los paseos forzados, las no-miradas, los taxis libres que mueres por ocupar, los silencios sin sentido y las despedidas huecas.
Tú volvías a irte, yo me quedaba en Madrid. Esperando.
Una tarde, a última hora, entraste en la tienda.
- ¿Tiene cambio? ¿Puede entregarle esto a su compañera?
Y ella me lo dió.
*Con puntos suspensivos, muchos puntos suspensivos... Que dan lugar a la duda.
17 de junio de 2008
En el súper
Y, enfrente, ella. Altiva, escondida tras su uniforme naranja chillón con cara de asco. Su vida está llena de penas, pienso, pero no tiene derecho a tratarla como lo hace.
Carmen, la imagino con ese nombre, tiene el pelo cardado, rubio oxigenado y más de setenta años sobre su cabeza. Le tiembla la mano derecha y apenas escucha lo que le dicen; algunas veces por su sordera parcial y otras porque no le da la gana de participar en el circo que es este mundo. Tiene los ojos vidriosos y una falda larga que cubre las varices de sus piernas.
Jaqueline, así decía la plaquita plateada que llevaba colgada del uniforme, es bajita, morena y tiene una mueca rara que dibuja un interrogante encima de la cabeza de quien la mira. Vive en otro planeta que desde luago no es el mío. No le gusta tratar a la gente y hoy Carmen se le ha puesto entre ceja y ceja.
Tomates, champú, lejía, papel higiénico... pasan por delante de esa máquina infernal que lee un código de barras y vomita pitidos estridentes.
- 23.79. ¡Señora, escuche!
- ¿Qué dices hija?
- Que son 23.79 euros.
- ¿Cómo?
Jaqueline aprienta las mandíbulas con fuerza.
- ¡Veintitrés-con-setenta-y-nueeeeeve!
Carmen desiste mientras las cajeras se ríen a su espalda. Saca cincuenta euros del monedero y empieza a contar la calderilla.
- ¿Quieres los 79 céntimos?
- Como vea.
Rebusca en su cartera. No sabe si eso es una moneda de diez o de veinte céntimos. Pone todas las monedas encima de la caja y su mano temblorosa las separa una a una para juntar los 79 céntimos. No ve tres en un burro... y necesito ayudarla.
- Ahí van 65 céntimos.
- ¿Y son?
- Pues a ver que miro... ¡79!
- No sé si tengo.
- Déjeme.
¿Cómo iba a saber qué moneda llevaba si en el monedero tiene botones, clips y pins?
- Aquí están, los 79 céntimos.
Carmen mete la compra en la bolsa y se da media vuelta con la cabeza agachada. Piensa que es un estorbo, una vieja sorda y medio ciega que es una traba para cualquiera. "Ya me queda poco" dice en silencio.
Per no es así. Dan igual sus arrugas, sus temblores, sus varices... importa esa sonrisa torcida cuando me dio las gracias. Esos ojos que por fin encontraron a alguien que le sostuvo no sólo el monedero, sino el día.
Cogí mi zumo de naranja, pagué los 1,42 euros y miré a Jaqueline. "Un poco de humanidad no le vendría mal" dije... a punto estuve de tirarle el zumo a la cara.
5 de marzo de 2008
¡Qué!
Qué quieres que te diga. No hago otra cosa más que intentar buscar algo que de verdad intente unirte más a mí; pero lo lo consigo.Y es que necesito flores en la cama, soles que llenen de luz mis mañanas, una luna que ocupe todo el cielo de Madrid una noche de frío.Necesito un Café de Mocca bien caliente, que hierva mis tripas por dentro, que calme la tiritona que una simple ráfaga de viento es capaz de causarme.
Ayer tiré una moneda en una fuente.
Nunca digo los deseos porque tengo miedo de que no se cumplan.
¿Debería decirlos en alto?
10 de febrero de 2008
Andrea
Juega con la goma de borrar, muerde el lápiz como si tuviera hambre.
Su cuello hace círculos una y otra vez y el olor de pelo no hace más que embriagarle. Él sabe que es imposible tenerla entre sus brazos porque, aunque no es de nadie, no quiere retener a esa alma tan libre.
Las mariposas recorren sus cuerpos pero ninguna anida en ellos.
Escuchando...
http://es.youtube.com/watch?v=AtlB4nyDQ4U
9 de febrero de 2008
Ella
Y es que ella no hace más que llamar la atención. Buscar un punto que la siga llevando por el camino de la cordura, pero sabe, que en el fondo, la locura alimenta su corazón.
No es nada para el resto, sin embargo para él lo es todo.
El mundo.
5 de noviembre de 2007
Vaho
empañando los cristales con acordes de Tom Waits.
En el humo de la noche tu cuerpo se desnudaba
y rodaban por el suelo las fronteras de tu piel...
24 de junio de 2007
No estás
Se lo qué he hecho mal, que me puede mi mal genio, esas ganas de que te gires y dejes de lado ese enorme orgullo que me come viva cuando sale a flote.
No hay nada peor que vivir en la ignorancia... de tí, de tu mundo.
Te busqué en los bancos, en los andenes del metro, en esa máquina dónde juegas al tenis, en la pantalla de mi móvil, en las decenas de fotografías que tengo, en los recuerdos, en cada uno de las granos de arena que me trajiste de la playa hace más de un año. Y es que no sé dónde demonios estás. Soy incapaz de llamar a tu casa, de preguntar por tí porque ni ellos saben quién soy. No yo tampoco lo sé.
3 de junio de 2007
Historias (I)
¿Por qué ese hombre sabía mi nombre, mi identidad? Demasiados interrogantes para un único y simple nombre.
Eran las siete y media de la mañana cuando salí del portal de casa rumbo a la abrumadora rutina que cada día me esperaba a unas cuantas estaciones de metro. El suelo estaba húmedo y una fina lámina de hielo cubría tímidamente los coches.
Exhalé un poco de aire y diminutas volutas de vaho salieron de mi boca mezclándose con el frío aire que me envolvía. Ninguna sombra me acompañaba en el corto trayecto hasta el metro, tan sólo algunos escalofríos que hacían temblar mi cuerpo cubierto por decenas de capas de ropa.
Me adentré en el interior de la tierra, bajé escaleras y más escaleras sin encontrarme con nadie hasta que llegué al andén. Varias figuras llenaban el estrecho corredor, cada una de ellas perdidas en sus propios pensamientos: unos bostezando y maldiciendo el comienzo del día, otros inmersos en melodías de canciones que despiertan no sólo el cuerpo sino también el alma, otros con los ojos clavados en cualquier baldosín del suelo... y así todos los días; observando uno a uno cada persona que dejaba tras de mí, imaginando quiénes eran, qué pensaban en esos instantes, qué soñaron anoche...
Dos minutos, según el letrero luminoso, faltaban para la llegada del tren. Me senté en el penúltimo banco y saqué un libro del bolso. Mientras leía me sentí observada, levanté la vista y mis ojos se cruzaron con una mirada brillante y color esmeralda que fue dulcemente sostenida y dirigida a mis ojos hasta que yo la esquivé bruscamente, puesto que un leve color encarnado tintó mis hasta entonces pálidas mejillas. Continué inmersa en las líneas de aquel libro, entremezclándome con ese personaje ficticio que tanto me recordaba a un antiguo amor y que me permitía evadirme por algunos momentos del insoportable bullicio que me rodeaba.
A lo lejos se oía el chirrido del tren, cada vez más cercano, y todos, al unísono, nos levantamos para acercarnos aún más a las vías. Aquel hombre continuaba mirándome, pero esta vez de reojo; no me gustaba esa sensación y más cuándo se aproximó a mí rozándome el brazo. Deseé que las puertas se abrieran en ese mismo instante, y así fue; el pitido que avisaba el cierre de las puertas terminó por despertame completamente. Respiré hondo, aliviada por una vez de estar rodeada de rostros desconocidos. ¿Dónde estaba?...
Levanté varias veces la cabeza para buscarle, incluso me puse de puntillas para mirar más allá; sin rastro de él. Me sentí seducida por esa profunda mirada, tan sólo recordaba eso, tan siquiera llegué a fijarme en las líneas de su rostro.
Los minutos se me antojaron horas y los empujones me impedían acercarme a la puerta para intentar respirar y despejarme las ideas. Cuatro estaciones dejé a mi espalda, abrí la puerta y una inmensa marea humana me llevaba hacia las escaleras mecánicas sin necesidad de mover mis dos pies, la corriente lo hacía por ellos. Me coloqué a la derecha, mientras veía subir aceleradamente hombres enfundados en oscuros trajes, niños con pesadas mochilas, mujeres dando los últimos retoques a su maquillaje... el mundo seguía girando a gran velocidad, seguía vivo. Mientras observaba todo ser viviente, giré instintivamente la cabeza y ahí estaba; el hombre de ojos color hierba fresca, recién cortada. Una amplia sonrisa se dibujaba en su bronceada cara, sus dientes blancos parecían perlas sacadas de lo más profundo del oceáno; era joven aunque con un gesto melancólico en esos ojos. Sacudí la cabeza y paré de observarle; continué caminando por aquellos pasillos que tanto conocía, sucios, oscuros... y de fondo esa voz que susurraba canciones de Silvio Rodríguez mañana tras mañana.
Tan sólo faltaba una escalera para salir a la superficie, para respirar un aire cargado de humos, de olores, de rutina. Un mano me asió por el brazo y tiró suavemente de mí. Entorné los ojos y ahí estaba, petrificado, con un gesto serio y temblando.
- ¿Leíste ayer el periódico? - su voz era cálida, nada que ver con ese gesto frío y distante que aparentaba poseer.
- ¿Cu-cu-cuál? - la voz me empezaba a fallar.
- El País, en uno de los suplementos. Esa sección de: Te ví...
- Sí, lo leí. Me encanta esa sección... y más cuando aparece mi nombre escrito. - dije mientras una media sonrisa aperecía en mi cara.
- Fuí yo quién escribió aquello, vamos, quién lo envió a la redacción del periódico. Sé que siempre lees ese suplemento, sé cómo te llamas... - un incómodo silencio se asentó entre ambos. - Llevo observándote algunas semanas, un día te ví con El País... y, ¿qué mejor idea que darte una sorpresa?

- ¡Y menuda sorpresa! - dije irónicamente. - El viernes, cuando salí de casa, subí a la otra boca de metro porque dentro hay un quiosco de prensa y lo compré. Me senté en el mismo banco en el que me siento todas las mañanas desde hace seis años, y abrí el periódico por esa sección. - hice una pausa. - Me gusta leer esos mensajes: alguien que quedó sorprendido por los ojos de otra persona, alguien que observando más de la cuenta se fijó en un gesto, en un rostro y quedó prendido de algo... siempre imaginé que eso era imposible, que nunca me pasaría a mí; hasta que aparecó mi nombre y una brevísima descripción... ese mismo día, a esa hora yo estaba ahí, en esa estación de tren, leyendo ese libro con el mismo título que pusiste en el mensaje. - suspiré, tratando de recuperar el aire que gasté cuando hablaba deprisa, sin pensar. -
Eran las ocho y cinco, si no me daba prisa llegaría tarde a clase. Él notó mi impaciencia aunque intenté ocultarla.
- ¿Tienes que marcharte, verdad?
- Sí... en diez minutos empiezo las clases... ¿Tienes pensado hacer algo ahora? - me arrepentí de haber formulado aquella estúpida pregunta.
Él sonrió.
- Debería ir al instituto - miró su reloj - aunque ya llego tarde a la primera clase. ¿Tomamos un café?
No supe que contestar, era un completo desconocido, aunque el hecho de que lo fuera me atrajo aún más. Acepté ese café.
Subimos las escaleras que llevaban hasta la calle, en silencio, mirándonos de reojo. Yo temblaba, no sabía qué preguntar. ¿Cómo se llamaría? ¿Cuándo me vió por primera vez? ¿Qué vió en alguien como yo?... Estaría ciego, nunca entendí por qué había personas que se fijaban en mí.
Mi nombre en el periódico, por segunda vez... la primera fue una broma infantil de un viejo amigo; pero esta vez era real, alguien que no conocía intentaba conocerme mientras, sentado o de pie, me miraba con, al menos, un mínimo de atención.
- Odio los silencios. - dijo él sin más- Voy a llevarte a otro lugar, un lugar donde sirven el mejor café de Madrid, pero tenemos que volver bajo este suelo que estamos los dos pisando, ¿te parece?
- De acuerdo. - sonreí - Me gustan las huidas y más cuando no se planean. ¿Sabes qué? Podríamos ir al fin del mundo tras ese café. - dije con tono burlón.
Dimos media vuelta y nos metimos en el metro, decenas de personas iban en nuestra contra, salían a toda prisa, deseando tener sobre sus cabezas no una ciudad entera, sino el cielo.
2 de mayo de 2007
Princesas
27 de marzo de 2007
Amar - amor

19 de marzo de 2007
Será
que en este vagón no sale el sol,
que ayer no llamaste por teléfono.
Será que es temprano y no quiero ir al trabajo,
será que tu olor nunca llega hasta aquí abajo,
serán tus retrasos.
Será que este contrato temporal no entiende
de tardes de cine, de huidas por Madrid
ni de amaneceres entre sábanas.
Será que hace frío y me duele saber
que no eres hoy mi manta,
será que aún no vives conmigo
en aquella casa de paredes de colores.
Será la rabia, que cierra mis puños,
que deja mis sienes repletas de nubes,
Será que el reloj me duele.
13 de marzo de 2007
De ti
De ti,
tu mirada, tu ironía
tu siete de la suerte, tus heridas.
Tus nubes sobrevolando mi vida
tus pasos, mis errores, tus abrazos.
De ti,
los domingos por la tarde
la sensación de ser mejor que nadie;
el último eslabón de tu cadena,
los besos entre platos de la cena.
Ya no sé cómo decirte
cuánto me llenas
ojalá que este sueño real
valga la pena.
11 de marzo de 2007
Siempre
Siempre hay una voz agorera que te pronostica el fracaso, alguien que te recomienda que pares en tu empeño, que incluso juzga ridículo tu deseo, quien duda de ti y desconfía de tu capacidad. El problema es que ese alguien sueles ser tú mismo.
Bebo el agua que viene conmigo,
estoy estancado en tu reflejo.
Solamente de ti, gota a gota,
solamente de ti, veneno y sed.
Llegaré solo hasta el umbral.
¡Qué puedo perder!
Me atreveré, cuento un paso más.
No soy como tú.
A un minuto de ti, voy detrás de ti.
A un minuto de ti, te seguiré.
9 de marzo de 2007
Caiste del cielo
Lejos, en las costas de la isla del tesoro, alguien vuelve a naufragar...
28 de febrero de 2007
Planes
25 de febrero de 2007
Como hablar
si no encuentro la palabra exacta, como hablar.
¿Cómo decirte que me has ganado poquito a poco?
Tú que llegarte por casualidad..
22 de febrero de 2007
Soledad y dependencia
Quizás esas noches en la cama, mirando a un oscuro techo y tapada con el edredón no son más que decenas de lágrimas que creen intuir una soledad al otro lado de la realidad. Y es que creo que no he nacido para estar sola en este mundo.
En un momento dado alguien te agarra del brazo cuando estás a la deriva; encontrando un lugar. Tu lugar. Y desde ese mismo instante crees, por dentro y en silencio, que le debes la vida. Una vida que empiezas a construir cuando esa mano toca tu brazo, cuando las mismas melodías envuelven las casualidades por las que la vida decide coser a dos seres en uno solo. Y después vienen los sueños; que cuando uno cae en ellos es imposible resistirse a la tentación de no soñar despierta, lejos de almohadas y sábanas.
El recelo a la soledad es capaz de crear enormes monstruos en nuestra mente y desear unirnos a alguien para siempre. Eternamente. Y aquí es donde aparece la dependencia. Las ansias de abarcarlo todo, de saberse inmortal. Es como una droga pero ésta no destroza a quienes te rodean; te destruyen a ti. A veces te matan pero otras... te dan la vida.
Aquí estoy, te traigo mis cicatrices,
Ya pasó,
Soledad - Jorge Drexler
7 de febrero de 2007
Vértigo
4 de febrero de 2007
Mentir (me)
Sólo una imagen y decenas de colores que flotaban como hojas secas empujadas por el viento sin un sentido definido.
Estoy cansada de recrear aquello en mi mente, de falsear la realidad para perfilar sobre un espejo una sonrisa cuando me reflejo en él. Nada de eso ocurrió, no me subí a ninguna terraza porque en esta inmensa y monótona ciudad no existen; ¿o sí?
Me miento cada día al asomarme al mundo y ver que se oculta a mis ojos; siempre quiero pensar que está demasiado ocupado para bajar y sentarse a mi lado a escuchar mis miedo, mis temores. Otras veces pinto en el aire una terraza para que nadie llegue hasta ella y subo infinitas escaleras hacia el cielo para alcanzarla pero nunca llego. Los pasos entre la ilusión y la realidad tienen un principio pero no un fín.
LLueve y las gotas deshacen cada dulce empeño que sale de mis poros, todas ellas intentan mentirme a cada paso que doy, quieren nublarme la vista con imágenes que amenazan los recuerdos que encerré en miquebradiza memoria. Quiero intentar espantarlas. Agito los brazos con violencia como si intentara escapar de millones de motas de polvo asesinas pero todo es en vano.

Las frías y grises gotas de lluvia me aplastan contra el suelo, acortando mis ansias de volar y desplegar mi batería de sueños y balas que usé para atacar vagabundas almas. Sólo le pido una cosa antes de acabar pisoteada en medio de las aceras de Madrid: quiero que la lluvia se lleve todo el color y el agua se convierta en regueros multicolor que alcancen cada esquina para vaciar el dolor tranformándolo en besos dulces que hagan desaperecer la amargura de quién jamás besó con pasión y cerrando los ojos para envolverse en su sabor. Que haga desaparecer esa luz que tienes dentro; pero sobre todo que se lleve mi imaginación a los confines del mundo; no la necesito más:
[ no tengo una terraza
para echarla a volar... ]
29 de enero de 2007
Dispárame un te quiero
En los carteles arrancados de conciertos atrasados,
en los letreros de las tiendas que anuncian cese de negocio
y en los semáforos en rojo de carreteras desiertas.
Siempre veo enemigos en la sonrisa de la gente,
en callejones sin salida
o en una dirección prohibida.
Estoy cansada de fallarme,
estoy cansada de fallarte,
y empezaré muy pronto a odiarme
si no empiezo enseguida a amarte.
He facturado un te quiero
para que hoy viaje a tu encuentro,
para que llegue hasta tu puerta
solamente con lo puesto.
He facturado un deseo
a las caderas del cielo,
sólo cuando estoy contigo
siento que vuelvo a estar conmigo.

Que nos corten el teléfono, el gas, las luz y el agua;
y que amanezca una mañana cortado el mundo por impago,
que se desnude la despensa si vuelves tú a desnudarme,
que vuelva a no contar el tiempo si cuentas tú en cada instante.
Y tú dispárame un te quiero,
hazme el blanco del resto de tu vida
y pon tu nombre a mi corazón.
21 de enero de 2007
Volar

15 de enero de 2007
Mensajes en las botas
Ya no susurras palabras al oído
Y ya ves, algo está cambiando y no sé si es amor o ya no lo es...

Ya no me miras sin ver ningún pecado,
9 de enero de 2007
La estación

7 de enero de 2007
Historias Pasadas (II)
[Continución y final de: Historias Pasadas (I)]
Una lágrima se asomaba a sus verdes ojos cuando aquél abrazo llegó a su fin. El silencio se acomodó entre ambas mientras que fuera la lluvia repiqueteaba en los cristales; al menos algo irrumpía esa sensación de que todo estaba en el aire, flotando.
Ella se sentó en el sofá dejando reposar todos sus temores e inclinó su cabeza con un gesto de cansancio mientras que yo deambulaba por el desván. Me apoyé en la pared y la observé detenidamente. Un mechón de pelo caía por su frente y su mirada estaba perdida navegando en inmensos mares sin islas dónde naufragar. Quise inundarla de preguntas y de reproches pero había algo dentro de mí que soñó tanto con ese momento que no quise estropearlo. No. Más no.
Me sentí débil e insignificante mientras hacía un fugaz repaso de todas aquellas noches en las que abrazaba mi almohada imaginando que era ella; otras, me sentaba al borde de mi cama y hablaba con el aire que me rodeaba creyendo, ilusa de mí, que al abrir mi ventana mis palabras no quedarían volando sobre nuestras diminutas cabezas sin un rumbo fijo, sino que irían ágiles a parar en sus oídos mientras ella dormía.
Cada una andaba perdida en sus difusos pensamientos cuando se rompió el silencio.
- Gracias por venir... - dijo ella mientras levantaba la cabeza y clavaba sus grandes ojos en mí.
Tantos, tantos años sin oír su voz hicieron temblar todos esos cimientos sobre los cuáles construí mi mundo sin ella. La dulce melodía que salió de su boca me cautivó y me hechizó tanto que incluso cerré los ojos intentando repetir ese momento; pero de tanto usar durante años aquel artificio de imaginación y recreación absoluta, éste terminó por deteriorarse.
Ella esperaba ansiosa una respuesta por mi parte pero lo único que hice fue agitar la cabeza como signo de aprobación. ¡Maldito orgullo! Me maldije por no saber controlar esa arrogancia de la que tanto pecaba años atrás; me mordí el labio inferior para no girtar y sacar todo el odio que poco a poco me iba consumiendo entre llamas de rencor e ira.
- Sé que ya no soy nadie para robarte tu tiempo de esta forma tan... como diría... ¿absurda? Sí, eso es, absurda. - se levantó del sofá y sacó algo de su pantalón. - Parece mentira que tenga treinta y nueve años, y quiera seguir enfrascada en juegos de crías, ¿verdad?
El tono sarcástico de sus últimas palabras avivaron aún más las llamas que me roían por dentro sacando a la luz todos esos reproches que intenté esconder tras miles de murallas.
- Echaba de menos ese humor negro con el que impregnas las palabras incluso en las situaciones más... ¿absurdas decías, no? - Intenté morderme la lengua y retroceder unos pasos, pero fue inútil. - No me estás robando el tiempo, me lo estás regalando. Durante estos años lo único que hice fue malgastar mis energías en batallas sin sentido entre mi cabeza y... los recuerdos; los tuyos, los nuestros... Si quieres jugar, juguemos; no tengo nada mejor que hacer, ya he perdido veintiún años, no importa perder unas horas más.
La claridad que la pequeña lámpara daba al desván iluminó un poco su verde mirada y un brillo nostálgico empañó sus ojos. Su cuerpo estaba rígido intentando nos sucumbir a sus deseos de derrumbarse y caer rendida al suelo a suplicar cientos de perdones y disculpas; pero una mueca de dolor e inseguridad se dibujó en su cara cuando me tendió algo que antes había sacado de un bolsillo del pantalón.
Estiré mi brazo y cogí aquel papel que me tendía, no sin antes rozar tímidamente su aterciopelda piel. Una leve sacudida recorrió mi espalda y me hizo cambiar de posición en el sofá. Una foto. ¿Qué tenía de especial? Me resultaba familiar ese lugar, sí... removí por todos los rinconces de mi memoria intentando encontrar por algún lugar algo que encendiera una pequeña chispa para dar con un recuerdo olvidado. De repente quise creer que aquella foto me mostraba esa casa que antaño fue el origen de todos nuestros temores; pero habían pasado tantos años que, inmediatamente, borré ese deseo de mi mente.
- Veo que al menos tú pudiste olvidar momentos de nuestra niñez; yo sigo viviendo con ellos, y de vez en cuando de ellos... me dan aliento para mantenerme viva cada día.
- No, te equivocas. Sé perfectamente qué lugar es ese; la casa en la que por primera vez en mi vida sentí cómo el miedo corría por mis venas. - La dureza de mi última frase causó un leve terremoto entre ambas y ella giró bruscamente su cabeza con intención de reprenderme.
- Pues sigue en pie. Cuando me marché - palabra que inyectó de furia mis ojos - no supe en qué lugar ocultarme. Pensé en venir aquí, pero era demasiado arriesgado, sabía que el primer lugar dónde vendrías a buscarme sería este; demasidos recuerdos de las dos confinados entre estas cuatro paredes.
Creí notar cierta burla en sus palabras. En ese momento maldije todas esas tardes en las que ambas nos confundíamos con la otra, éramos tan iguales... y ahora tan distintas que no sabía si atacarla con dardos envenenados o apaciguar mi interior. Opté por lo primero.
- Claro, y tenías que marcharte justo el día de mi dieciocho cumpleaños, robarme mis ilusiones de encontrarte al otro lado y... ¿por qué no? Huir cómo una cobarde. - Mis ojos se ahogaron entre mis saladas lágrimas y la voz poco a poco se me iba entrecortando. - Y ahora apareces años después, interrumpiendo la paz con la que llevaba conviviendo más de dos décadas, ¿por qué ahora, dime, por qué?
Sus ojos estaban abiertos de par en par, parecía sorprendida por la fortaleza con la que pronuncié aquello.
- ¿Paz? Tendría que haberlo supuesto; el transcurso del tiempo pasa para todos... incluso para los corazones que antes eran jóvenes e inexpertos. Imagino que tantos años cambian a una, sí... no tenía esto entre mis planes.
- ¿Qué planes? - Un gran signo de interrogación se dibujó en mi cara.
- ¿De verdad quieres que te responda? Mírate, toda una mujer; casada imagino, con una preciosa casa en el centro de la ciudad condal, como siempre soñaste, con un buen trabajo, con un luz extraña en tus ojos, ¿de felicidad? Sí, no lo dudo.
Llevo observándote un tiempo, apenas llevo aquí unas semanas, pero no fue nada fácil dar contigo. Volví a este desván y lo encontré destartalado; como siempre estaba... la mesa, las estanterías, las sillas... todo lleno de polvo. Ni rastro de tí. - De repente se calló y aproveché para hablar.
- Siempre llegas tarde, ¿no lo ves? Volviste a mi vida hace una semana sin apenas avisar, tu cobardía llegó a tales límites que escapaste y corriste calle abajo para que no te viera; pero ya no soy una estúpida adolescente.
- ¿Sabes cómo te encontré? Esperé que cumplieras ese sueño de ser periodista y compré todos los periódicos en ese quiosco donde de pequeñas comprábamos golosinas. Leí artículos, columnas y ¡zas!; ahí estaba tu nombre firmando un artículo. Llamé a la redacción del periódico, pero nadie pudo facilitarme tu dirección. Sólo me quedaba una cosa por hacer, esperarte en la puerta de tu trabajo.
- Sí, cumplí ese sueño; comprenderás que después de que te fueras y me arrancaras de cuajo algunos de ellos intentara hacer realidad al menos ese. - No podía cambiar ese tono de voz acusador con el que pronunciaba cada frase.
- Sé perfectamente lo que estás pensando, aunque no seas una estúpida adolescente como antes dijiste, aún tus ojos hablan por tí. Quieres saber por qué me fuí, ¿no es eso? - Una sonrisa burlona se dibujó en la cara.
- Claro que quiero saberlo, por eso estoy aquí.
- Bien - Titubeó levemente, se apoyó en la mesa y comenzó - Tuve miedo, se que pude escoger cualquier día para marcharme de aquí y desaparecer de tu vida pero elegí ese. Veinte minutos antes de las doce de la noche de aquel día, estaba sentada en el rellano de tu puerta, sientiendo el calor que salía por debajo, tarareando al otro lado la música que estabas escuchando... Quise llamar al timbre, llenarte de besos y de abrazos, ser valiente y mirarte a los ojos y decirte todo aquello que guardaba tan secretamente dentro de mí y que tan siquera tú fuiste capaz de advertir. Pero no puede, se que si abría la boca irremediablemente te separarías de mí.
- ¿Por qué iba yo a separarme de tí? Me parece absurdo que llegaras a pensar eso... ¿de verdad te fuiste por eso? Sabes que jamás te hubiera dejado sola, ¡si eras toda mi vida! - Quise decir más cosas pero un susurro suyo me hizo callar de repente.
- Yo no te quería como alguien quiere a una amiga. Yo te amaba, ¿sabes lo que significa eso? Llevaba meses luchando contra deseos prohibidos, estaba confundida. El dolor me hizo incluso llorar lágrimas de sangre... ¡entiéndeme! No pude ser valiente, jamás lo fuí.
Se levantó de la mesa en la que estaba apoyada y me dió la espalda.
- Otra vez tarde. Vienes tarde, dices las cosas tarde... ¿acertarás algún día?, ¿me dirás o harás algo a tiempo? - Me quería, pero eso era hace años, y yo... yo seguía enamorada de ella. - Si no eres valiente, ¿por qué has vuelto? - Me arrepentí de formular esa pregunta así, tan a la ligera; temí escuchar de sus labios que ya no me amaba.
- Demasiadas preguntas. He vuelto a por tí, sé que es tarde, que tendrás una preciosa familia que te estará esperando en casa siempre; pero sabes que yo estoy sola en este mundo. Tan solo me quedas tú. - Se acercó y me cogió por la cintura delicadamente.
Nuestros cuerpos estaban rozándose y no supe si aquel era el momento adecuado para dar rienda suelta a mis pasiones.
- Te equivocas, nadie me espera en casa, ni un marido, ni un hijo: nadie. - Ahora o nunca, esta era mi oportunidad para renunciar a mi falso orgullo. - Durante años me embriagué con el dulce olor de varios hombres, rocé sus pieles hasta la extenuación, besé desesperadamente labios creyendo que eran los tuyos, reposé mi cabeza en el pecho de hombres que llegaron a amarme como una mujer completa. Les miré con deseo intentando aplacar mis sentimientos hacia tí, abracé con fuerza y me perdí entre brazos protectores.... gasté demasiadas noches en camas ajenas. - Respiré hondo. - ¿Ahora me entiendes? No tenías que haberte marchado... ¿Es tarde?
Sus ojos desbordaban una alegría inmensa y se llenaron de lágrimas que empañaban sus verdes ojos. ¿Cómo explicar lo que ambas sentíamos en esos minutos interminables?, ¿cómo repimir los deseos de fundirnos en un solo ser?
- Nunca es tarde. Perdóname. - Bajó la cabeza avergonzada, un tímido rubor tintó sus delicadas mejillas.
- No hay nada que perdonar; el tiempo pone cada cosa en su lugar, tan solo debemos recuperar el tiempo perdido, compartir esas noches de lluvia y de tormenta que tanto he anhelado estos años. - Me acerqué a ella, sostuve su cabeza entre mis manos y susurré algo a su oído: - Te quiero... gracias por devolverme la vida.
En ese momento ella selló mis labios con un tierno beso, todo lo que nos rodeaba comenzaba a girar a gran velocidad, cientos de mariposas anidaban por mi cuerpo. Quise que el mundo frenara y poder conservar ese instante en mi frágil memoria durante mucho, mucho tiempo.
FIN
1 de enero de 2007
Los primeros deseos


29 de diciembre de 2006
Palabras
Así el viento no se las llevará...
...tan solo tu fuerza al arrancarlas...
25 de diciembre de 2006
Desordenada habitación
Ya lo escribió hace tiempo Antonio Vega en algún papel:
Éramos uno y uno y luego dos,
más cerca cada vez de un sueño sin adiós;
desordenada habitación.
Son tu calor, hacerte el amor;
mis miedos, mi pasión.
Tanto soñar, con esa flor mezcla de sol y temporal.
El doble filo de un amor real,
actores sin guión, un mundo teatral,
función sin hora de empezar...
A veces cuatro paredes pueden ser testigos de muchas cosas; de un ir y venir de palabras, de besos, de abrazos y de miradas. Todo ello puede girar a gran velocidad y provocar el desorden de una habitación; pero no un caos en nuestra vida.
Ya dijo Sabina que uno más uno nunca suman dos; nunca creí esa frase. Al principio comenzamos siendo uno, nos encerramos entre bloques de cristal para impedir que el otro entre de lleno en nuestro espacio; pero con el tiempo los cristales se van desquebrajando y un hueco se abre. La luz entra y con ella tú, el elemento único y perfecto para sumar dos.
Y son los sueños sin adiós los que crean esos soportes sobre los que se construye cada uno de nuestros días, no hay despedidas definitivas, no hay fines trágicos que dibujen precipicios, ni vértigo por caminar encima de las nubes. Quizás, por encima de todo eso esté lo más especial: firmar tratados entre sábanas, entre roces y susurros que ni las paredes son capaces de escuchar.
No hace falta ordenar la habitación, sabemos dónde dejamos cada instante, cada mirada, cada sentimiento guardado.
23 de diciembre de 2006
Estrellas en el cielo
Todos esperamos algo de los demás. O no.
Quizás sólo esperamos de un par de personas, de alguien que sabe jugar bien con los regalos, que los manda en el momento más oportuno y sabe cambiar sensaciones. Hace magia desde cerca del mar, desde el norte. Allí se verán mejor las estrellas que en Madrid, donde la luz de las farolas las mata a destellos. Sin piedad ninguna.
Gracias, porque las estrellas...
22 de diciembre de 2006
Historias Pasadas (I)
Desde siempre fuimos las típicas amigas inseparables; aquellas que compartían sus primeros secretos inconfesables y las miradas cómplices. Habíamos creado, incluso, códigos indescifrables de gestos, medias sonrisas y alguna que otra palabra para apartarnos aún más de ese mundo que nos acorralaba entre paredes de mediocridad.
Algunas veces, nos resguardábamos en nuestro escondrijo y, juntas, recordábamos momentos fugaces de nuestra lejana niñez; como cuando un día, tras las vacaciones de verano, saltamos la valla que rodeaba esa casa que tanto miedo nos producía. Aunque hoy me cuesta hacer eso presente en mi vida; recuerdo cómo las dos temblábamos como témpanos de hielo, cómo el sudor caía por nuestras frentes y cómo una repentina y violenta sensación de frío recorría todos los resquicios de nuestros frágiles cuerpos. Otras veces soñábamos con un mañana distinto a la gris rutina en la que nuestras vidas se habían convertido; incluso traspasábamos los límites permitidos guiadas por nuestra inmadurez e inconsciencia; aunque, lo cierto, es que jamás llegamos a sospechar una vida distinta de aquella por mucho que la odiáramos: nos unía algo invisible a los ojos de los demás, algo tan fuerte que ni siquiera vientiún años de ausencias, desplantes y orgullos habían podido romper.
Aún recuerdo vagamente, quizá por el rencor y la ira, ese día en el que ella no apareció tras mi puerta cuando apenas pasaban tres minutos de las doce de la noche y acababa de estrenar mis recién cumplidos dieciocho años. Tiempo atrás eso no me habría importado lo más mínimo puesto que ella siempre me guardaba inmensas sensaciones que me conmovían y me maravillaban, hasta el punto de hacer brillar mis oscuros y melancólicos ojos con un halo de luz antinatural. Pero esa noche ninguna chispa avivó mis esperanzas de encontrarla en el rellano de la escalera; permaneciendo con cautela al otro lado hasta que yo quedara presa entre los brazos de Morfeo. Nada más lejos de la realidad, me quedé dormida profundamente ajena al aluvión de sentimientos vacíos que me esperaban a la vuelta de la esquina.
No sé cómo fui capaz de levantarme de la cama a la mañana siguiente, había algo que me ataba a ella, que rehuía de ser visto por mis ojos. De súbito un cúmulo de sensaciones inundaron mi mente y poco a poco iban atravesando y calando hondo en mis huesos. Ella. Su ausencia martilleaba con fuerza en mis sienes. ¿Dónde estaba? Mientras me vestía, comencé a maldecir aquel mundo que ambas habíamos creado; un mundo singular en donde no cabía la presencia de una tercera persona, un espacio hueco que poco a poco fue llenándose de nuestros más íntimos deseos. Nunca volvimos la cabeza para ver la absoluta realidad que dejamos a nuestra espalda... y eso sé que me pasó la mayor factura que jamás he pagado; incluso me llevó a los extremos de la bancarrota.
Bajé las escaleras estrepitosamente sin rumbo fijo, tan solo quería respirar una gran bocanada de aire para así despejar por unos segundos todas mis dudas. Sólo había un lugar dónde podía dar con ella: aquel desván del antiguo casco viejo que tantas veces nos sirvió como escondite. Metí la llave en la oxidada cerradura y aquel armazón de podrida madera cedió acompañado de un fuerte chirrido. Una pequeña claridad iluminaba tímidamente la estancia y los restos de incienso quemado seguían emanando su dulce aroma. Mis ojos examinaron todos los rincones mientras mis pasos sonaban estridentes en medio de tanto silencio y dolor al ver que allí no estaba. Jamás sabría de ella. Dejé caer mi insignificante cuerpo en el sofá y una ráfaga de miedos y temores me envolvieron entre sus invisibles hilos. Desvié mi mirada al antiguo cassette que estaba encima de la mesa e imaginé las veces que en él sonaron canciones de Serrat, Sabina, Silvio o Enrique Urquijo... mientras las dos las tarareábamos. Aquello no serían más que recuerdos a los que hoy les quito la espesa capa de polvo que los ocultaba.
Me levanté del sofá, eché un rápido vistazo a todo y me marché mientras me armaba de valor para cruzar la frontera entre los dos mundos completamente sola. Aquellos dieciocho años no significaban para mí lo mismo que para las demás chicas; para mí eran el principio del fín.
Los días siguientes no fueron más que llantos escondidos que se convirtieron en un hábito adquirido con la práctica y sin apenas razonamiento; no tenía ya con quién huir a parajes perdidos.
Quise empezar desde cero mil veces pero me era imposible porque todas las tardes pasaba por delante de su casa y miraba fijamente desde un banco ese gran ventanal que aguardaba su habitación. Vacía. Tampoco estaba allí. Eso me motivó a creer que si empezaba de nuevo, nada me impediría hacerlo; y así lo hice. Rompí las compuertas que me tenían encerrada en mi propia prisión y supe que había nacido de nuevo, con más fuerzas que nunca. Cambié mis hábitos y no dejé que nunca más la dependencia hacia alguien volviera a mi vida para tomar las riendas de la misma y convertirse en su protagonista.
Cuando los años pasaron y todo parecía estar en calma, un día de tormenta alguien llamó a mi puerta. Extrañada por la hora, vacilé un poco antes de mirar por la mirilla. Al otro lado no había nadie, pero aún así abrí la puerta y bajo mis pies un sobre descansaba sobre el felpudo. Enseguida reconocí la letra después de tantos años, y me sentí tentada a correr hacia la calle; y así lo hice, en bata y zapatillas de andar por casa. Cuando llegué al portal, abrí bruscamente la puerta y dirigí mi mirada al callejón que tenía delante. Una figura enfundada en una larga gabardina negra corría por la acera de enfrente mientras que de vez en cuando echaba la mirada atrás. Me vió y aceleró aún más el paso mientras su silueta se perdía entre el tumulto del Paseo de Gracia.
Empapada hasta los huesos y tiritando de frío llegué a casa como si hubiera perdido la batalla más importante y decisiva del mundo. Me despojé de la ropa que se me pegaba al cuerpo con ansias de asfixiarme y me metí en la ducha; sientiendo cómo el calor y el vapor de agua abrían mis poros y liberaba ese frío que me carcomía por dentro.
Sentada y con una gruesa manta en los hombros me disponía a abrir el sobre cuando inesperadamente mis manos empezaron a temblar y cientos de mariposas revoloteaban dentro de mi estómago. Aquel era uno de esos momentos con los que había soñado cientos de veces, sola, sin ella, sin compartir cama con nadie; aunque dentro de mí, sabía que, estuviera dónde estuviese, esa unión invisible que nos unió hace años seguía estando intacta, o al menos eso quise creer. Despegué poco a poco la solapa que cerraba el sobre y saqué todo lo que había dentro: una carta y otro pequeño sobre; abrí éste y dentro encontré fotos, recortes de periódicos y versos de canciones que despertaron en mí recuerdos que yo misma quise que estuvieran aletargados de por vida.
Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos y nublaban mi vista durante breves instantes hasta que los cerraba con fuerza obligándolas a rozar mis mejillas y a que explotaran mientras caían sobre aquellos recuerdos. La nostalgia y la tristeza coincidieron esa noche, y aún más, cuando leí la carta; cuatro folios color sepia con frases perfectamente alineadas; sonreí hacia dentro al saber que seguía igual de meticulosa en su escritura. Explicaciones, encuentros, testimonios y disculpas hechas papel llenaban la carta; que se mezclaron a su vez con mis sentimientos de tristeza, odio y culpabilidad, resumidos en uno: el desasosiego al ver que no todo terminaba en un papel, sino en un lugar: el desván en el que veintiún años atrás fui en su busca y no hallé nadie tras la puerta. El encuentro sería el martes próximo.
La semana pasó lenta y mi mente viajaba cada minuto hacia otros lugares, preparaba frases que decir y reporches que ocultar. Dos días antes del encuentro me senté en un banco, el mismo en el que estuve cuando decidí empezar de nuevo, y levanté la vista hacia ese gran ventanal que, al menos antes, separaba su habitación del mundo exterior. Había luz y tras la cortina una sombra me miró desde las alturas. No distinguí bien su identidad pero el temor a que fuera ella me sacudió violentamente y corrí calle abajo.
Por fín llegó el día, estuve inquieta, nerviosa y apenas pude concentrarme en el trabajo por lo que me marché antes de la hora. Quedaba una hora y media para el encuentro y me di cuenta de que, aunque ya no era una niña, sino una mujer de treinta y nueve años, el sudor y el miedo hacían acto de presencia con la misma intensidad que el día en el que las dos cruzamos esa valla para entrar en la casa.
Titubeé cuando apenas diez pasos me separaban de la calle donde se encontraba el desván. No había ni un alma por la calle, la humedad me impedía respirar y la oscuridad y la lluvia se cernían sobre mi cabeza tratando de aplastarla. Quise darme la vuelta y no acudir a la cita, pero algo me arrastraba hacia aquel lugar como un potente imán. Empujé la puerta del portal suavemente, subí las viejas escaleras de piedra y me planté delante de esa puerta de madera que seguía igual de mohosa que años atrás. Intoduje la llave en la cerradura y un cosquilleo sacudió mi cuerpo; la empujé, crucé el umbral y allí estaba, de espaldas a mí; no hacía falta que se girase para darme cuenta de que estaba llorando, el movimiento a trompicones de sus hombros la delataba. La rodeé y me puse frente a ella. Apenas unas cuantas arrugas en su rostro revelaban el verdadero alcance y poder que el tiempo puede llegar a tener; aunque lo cierto es que esa esencia suya, que desde niña siempre tuvo, seguía ahí, intacta... sus ojos tenían el mismo brillo y su sonrisa llenaba ese desván con un halo de luz espectral.
Miradas encontradas y de nuevo, el uso de ese código indescifrable por muchos, rompieron la tensión que se palpaba en el ambiente.
Nos abrazamos y supe lo débiles que las personas llegamos a ser en ciertos momentos de nuestra vida; cómo necesitamos del otro para sentirnos completamente vivos. Antes de cruzar esa puerta nunca supe a lo que había ido a ese desván pero ahora se que fui a recuperar mis recuerdos y mi vida, porque yo morí a los dieciocho años y hasta ahora, he estado vagando entre el mundo de los vivos y el de los muertos.