3 de junio de 2007

Historias (I)

Esta mañana, después de tanto tiempo, he vuelto a ver mi nombre escrito en el periódico. ¿Una equivocación? ¿Una casualidad? No, no creo en ellas.
¿Por qué ese hombre sabía mi nombre, mi identidad? Demasiados interrogantes para un único y simple nombre.

Eran las siete y media de la mañana cuando salí del portal de casa rumbo a la abrumadora rutina que cada día me esperaba a unas cuantas estaciones de metro. El suelo estaba húmedo y una fina lámina de hielo cubría tímidamente los coches.
Exhalé un poco de aire y diminutas volutas de vaho salieron de mi boca mezclándose con el frío aire que me envolvía. Ninguna sombra me acompañaba en el corto trayecto hasta el metro, tan sólo algunos escalofríos que hacían temblar mi cuerpo cubierto por decenas de capas de ropa.

Me adentré en el interior de la tierra, bajé escaleras y más escaleras sin encontrarme con nadie hasta que llegué al andén. Varias figuras llenaban el estrecho corredor, cada una de ellas perdidas en sus propios pensamientos: unos bostezando y maldiciendo el comienzo del día, otros inmersos en melodías de canciones que despiertan no sólo el cuerpo sino también el alma, otros con los ojos clavados en cualquier baldosín del suelo... y así todos los días; observando uno a uno cada persona que dejaba tras de mí, imaginando quiénes eran, qué pensaban en esos instantes, qué soñaron anoche...

Dos minutos, según el letrero luminoso, faltaban para la llegada del tren. Me senté en el penúltimo banco y saqué un libro del bolso. Mientras leía me sentí observada, levanté la vista y mis ojos se cruzaron con una mirada brillante y color esmeralda que fue dulcemente sostenida y dirigida a mis ojos hasta que yo la esquivé bruscamente, puesto que un leve color encarnado tintó mis hasta entonces pálidas mejillas. Continué inmersa en las líneas de aquel libro, entremezclándome con ese personaje ficticio que tanto me recordaba a un antiguo amor y que me permitía evadirme por algunos momentos del insoportable bullicio que me rodeaba.

A lo lejos se oía el chirrido del tren, cada vez más cercano, y todos, al unísono, nos levantamos para acercarnos aún más a las vías. Aquel hombre continuaba mirándome, pero esta vez de reojo; no me gustaba esa sensación y más cuándo se aproximó a mí rozándome el brazo. Deseé que las puertas se abrieran en ese mismo instante, y así fue; el pitido que avisaba el cierre de las puertas terminó por despertame completamente. Respiré hondo, aliviada por una vez de estar rodeada de rostros desconocidos. ¿Dónde estaba?...
Levanté varias veces la cabeza para buscarle, incluso me puse de puntillas para mirar más allá; sin rastro de él. Me sentí seducida por esa profunda mirada, tan sólo recordaba eso, tan siquiera llegué a fijarme en las líneas de su rostro.
Los minutos se me antojaron horas y los empujones me impedían acercarme a la puerta para intentar respirar y despejarme las ideas. Cuatro estaciones dejé a mi espalda, abrí la puerta y una inmensa marea humana me llevaba hacia las escaleras mecánicas sin necesidad de mover mis dos pies, la corriente lo hacía por ellos. Me coloqué a la derecha, mientras veía subir aceleradamente hombres enfundados en oscuros trajes, niños con pesadas mochilas, mujeres dando los últimos retoques a su maquillaje... el mundo seguía girando a gran velocidad, seguía vivo. Mientras observaba todo ser viviente, giré instintivamente la cabeza y ahí estaba; el hombre de ojos color hierba fresca, recién cortada. Una amplia sonrisa se dibujaba en su bronceada cara, sus dientes blancos parecían perlas sacadas de lo más profundo del oceáno; era joven aunque con un gesto melancólico en esos ojos. Sacudí la cabeza y paré de observarle; continué caminando por aquellos pasillos que tanto conocía, sucios, oscuros... y de fondo esa voz que susurraba canciones de Silvio Rodríguez mañana tras mañana.

Tan sólo faltaba una escalera para salir a la superficie, para respirar un aire cargado de humos, de olores, de rutina. Un mano me asió por el brazo y tiró suavemente de mí. Entorné los ojos y ahí estaba, petrificado, con un gesto serio y temblando.

- ¿Leíste ayer el periódico? - su voz era cálida, nada que ver con ese gesto frío y distante que aparentaba poseer.

- ¿Cu-cu-cuál? - la voz me empezaba a fallar.

- El País, en uno de los suplementos. Esa sección de: Te ví...

- Sí, lo leí. Me encanta esa sección... y más cuando aparece mi nombre escrito. - dije mientras una media sonrisa aperecía en mi cara.

- Fuí yo quién escribió aquello, vamos, quién lo envió a la redacción del periódico. Sé que siempre lees ese suplemento, sé cómo te llamas... - un incómodo silencio se asentó entre ambos. - Llevo observándote algunas semanas, un día te ví con El País... y, ¿qué mejor idea que darte una sorpresa?



- ¡Y menuda sorpresa! - dije irónicamente. - El viernes, cuando salí de casa, subí a la otra boca de metro porque dentro hay un quiosco de prensa y lo compré. Me senté en el mismo banco en el que me siento todas las mañanas desde hace seis años, y abrí el periódico por esa sección. - hice una pausa. - Me gusta leer esos mensajes: alguien que quedó sorprendido por los ojos de otra persona, alguien que observando más de la cuenta se fijó en un gesto, en un rostro y quedó prendido de algo... siempre imaginé que eso era imposible, que nunca me pasaría a mí; hasta que aparecó mi nombre y una brevísima descripción... ese mismo día, a esa hora yo estaba ahí, en esa estación de tren, leyendo ese libro con el mismo título que pusiste en el mensaje. - suspiré, tratando de recuperar el aire que gasté cuando hablaba deprisa, sin pensar. -

Eran las ocho y cinco, si no me daba prisa llegaría tarde a clase. Él notó mi impaciencia aunque intenté ocultarla.

- ¿Tienes que marcharte, verdad?

- Sí... en diez minutos empiezo las clases... ¿Tienes pensado hacer algo ahora? - me arrepentí de haber formulado aquella estúpida pregunta.

Él sonrió.

- Debería ir al instituto - miró su reloj - aunque ya llego tarde a la primera clase. ¿Tomamos un café?

No supe que contestar, era un completo desconocido, aunque el hecho de que lo fuera me atrajo aún más. Acepté ese café.

Subimos las escaleras que llevaban hasta la calle, en silencio, mirándonos de reojo. Yo temblaba, no sabía qué preguntar. ¿Cómo se llamaría? ¿Cuándo me vió por primera vez? ¿Qué vió en alguien como yo?... Estaría ciego, nunca entendí por qué había personas que se fijaban en mí.

Mi nombre en el periódico, por segunda vez... la primera fue una broma infantil de un viejo amigo; pero esta vez era real, alguien que no conocía intentaba conocerme mientras, sentado o de pie, me miraba con, al menos, un mínimo de atención.

- Odio los silencios. - dijo él sin más- Voy a llevarte a otro lugar, un lugar donde sirven el mejor café de Madrid, pero tenemos que volver bajo este suelo que estamos los dos pisando, ¿te parece?

- De acuerdo. - sonreí - Me gustan las huidas y más cuando no se planean. ¿Sabes qué? Podríamos ir al fin del mundo tras ese café. - dije con tono burlón.

Dimos media vuelta y nos metimos en el metro, decenas de personas iban en nuestra contra, salían a toda prisa, deseando tener sobre sus cabezas no una ciudad entera, sino el cielo.

5 comentarios:

Eloië dijo...

...yo también rutinariamente miraba la sección para ver si alguna vez el azar me hubiese dejado ser la protagonista de algunas miradas...

Anónimo dijo...

Sara....

Te mentiría si dijese que leo lo que escribes.

También lo haría si te dijera que he leído (enteros) más de 5 textos tuyos.

Y mentiría, además, si intentara hacer ver que no me ha gustado lo que has escrito.


No te voy a decir nada que nadie te haya dicho, pues escribes bien, con soltura y con gracia.

Hoy he visto tu estrellita en el msn y me he dicho "Wau, ¿habrá vuelto a escribir?". Pero no sé por qué pero no aparecía nada...


Ha pasado mucho, muchísimo tiempo desde aquel 4 de enero del 2006. Y llovido, supongo. Aunque nos encontrásemos un día sin querer, no fue igual.


...


Hecho de menos esas conversaciones, digámoslo así, chonis.

Un conserje de noche dijo...

Parece que no soy el único que llevaba tiempo esperándote, a ti, y a tus letras, que desde hace ya tiempo (ni lo recuerdo) me cautivaron y me llevaron a lo más profundo de los blogs...

Pd: Me alegró mucho volverte a leer de verdad, me gustan las casualidades y la gente que tienes por descubrir... Besitos

Nausicaa dijo...

Es perfecto, es genial!

Aqui no hay vagones de metro, pero si autobuses repletos y miradas revoloteando de en la multitud. Me recordo a mi historia "Misterios".

Me ha gustado mucho, pasare por aqui siempre que pueda.

Shadow* dijo...

Me encanta esta historia,y siempre que puedo la leo. Yo estoy comenzando en esto de los blogs, y me he creado uno.Me gustaría que si pudieses te pasaras por él. Se llama Lágrimasdeunasombra.Si te pasas, deja un comentario con tu opinión, te parece?Y si alguien más lee esto, lo mismo lo digo, que por favor se pase y comente con lo que le pareció. Un beso muy grande.